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Tener el espíritu alegre en medio de las pruebas, por San Pedro Damián, Obispo

Posted by Gabriel on 12 marzo, 2012 in Carta, Espiritualidad |

De las cartas de San Pedro Damián, Obispo

Me has pedido, amadísimo hermano, que te escriba una carta de consuelo, con el fin de confortar tu ánimo, entristecido por tantas calamidades como tienes que soportar.
… Pero, si tu mente está despierta, a mano tienes el consuelo, ya que las mismas palabras de la Escritura son prueba cierta de que Dios te trata como hijo, educándote con miras a conseguir la herencia celestial. Así lo indican claramente aquellas palabras: Hijo mío, si te llegas a servir al Señor, prepárate para las pruebas; mantén el corazón firme, sé valiente.
Pues, si se mantiene el corazón firme y se es valiente en el servicio del Señor, las pruebas y adversidades no son un tormento de esclavos, sino más bien una corrección paterna.

Por esto Job, en medio de sus calamidades, si bien dice: “Que Dios se digne triturarme y cortar de un tirón la trama de mi vida”, añade a continuación: “sería un consuelo para mí: torturado sin piedad saltaría de gozo”.

Es que para los elegidos de Dios los mismos males que él le inflige son un gran consuelo, ya que unos castigos momentáneos sirven para afianzar su esperanza de alcanzar la gloria de la felicidad eterna.

Si el orfebre martillea repetidamente el oro, es para quitar de él la escoria; si el metal es frotado una y otra vez con la lima, es para aumentar su brillo. El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en la tribulación. Por esto dice también Santiago: “Hermanos míos, si estáis sometidos a tentaciones diversas, consideradlo como una alegría”.
Tienen, en verdad, motivo de gozo aquellos a quienes se inflige aquí un castigo temporal por sus pecados, mientras en el cielo se les reserva un premio eterno por el bien que hayan practicado.

Por todo lo cual, mi querido y entrañable hermano, aunque te veas maltratado por todas partes, castigado por los golpes repetidos de la corrección divina, no te dejes vencer por el desaliento, no te quejes ni murmures, no permitas que la tristeza te abrume, sé fuerte y paciente; conserva siempre un rostro sereno, un espíritu alegre, da gracias en toda ocasión.
Son dignos, ciertamente, de alabanza los designios de Dios, que inflige a los suyos unos castigos temporales para preservarlos de los eternos, que hunde para elevar, que corta para curar, que humilla para ensalzar.

Así pues, amadísimo hermano, fortalece tu espíritu para el sufrimiento, con éstos y otros testimonios de la Sagrada Escritura, y espera con gozo la alegría que vendrá después de la tristeza.
Levanta tu ánimo con la esperanza de aquella alegría, enciende tu fervor con la caridad, de modo que tu mente, santamente embriagada, olvide los sufrimientos exteriores y tienda con anhelo hacia aquello que contempla interiormente.

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